lunes, 26 de octubre de 2015

Meteoro




La noche del primero de febrero
después de tomar un fernet entero
y un par de copas de cidra
a las 4 de la mañana
le cosí la frente a un policía
que se la habían reventado unos negros de un piedraso.
Ese fue mi primer acto como cirujano.
El jefe de la policía departamental
me sostenía la gasa con pervinox
mientras yo bromeaba con el herido,
entre puntada y puntada,
diciéndo que debo ser el único medico
que hacia laburar al comisario mayor un feriado.
pero era mentira, aun no era medico.
me dieron 3000 pesos por trabajar esa noche
y nunca antes había cosido a nadie
La ciencia tiene sus cosas buenas
pero nunca servirá para entender algunas cosas
Me recibí de medico
exactamente el mismo día
que Favaloro se suicido
pero 15 años después.
Ese dia al salir de rendir mi ultima materia
me cruce al bar de enfrente y pedí un café.
Se nublo de repente y el cielo estallaba en truenos
"todo lo grande pasa en medio de la tempestad" dijo Heidegger
Me tome el bondi que me llevo del bajo flores
a una clínica privada en san justo donde trabajaba.
llegue empapado y temblando, no dije nada a nadie
Porque para ellos estaba recibido hace rato.
(sino no me hubieran contratado)
Un meteorito ilumino todo el cielo de verde
a pesar de los nubarrones y la lluvia
Casi nos extinguimos todos ese dia.
La inteligencia humana tienen sus limites
Nunca llegaremos a comprender
el sutil sentido del humor del creador

Ala es grande.




http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/07/150731_meteorito_cielo_verde_lb

martes, 20 de octubre de 2015

Tigres Azules Agrandado

Una famosa página de Blake hace del tigre un fuego que resplandece y un arquetipo eterno del mal; prefiero aquella sentencia de Chesterton, que lo define como símbolo de terrible elegancia. O como el canta Beilinson en: "Memorias de un perro mutante"
Un cielo cubierto de ceniza y alquitrán
llora en esta guerra silenciosa.
Hola! Hay alguien ahí?
Hay acaso algún sobreviviente?
Ese microchip, anónimo y fatal,
sólo sos un número en su dieta.
El mundo se está poniendo raro,
hubo olor a tigre esta mañana en la ciudad.
Nada por aquí, mucho por allá,
un truco de magia bien pensado.
El caballo negro de la noche
corre al galope en la tormenta igual que vos.
Olor a tigre se refiere a esa orina fuerte (concentrada) del rey de la selva. La primer orina matinal después de una resaca. El tigre como prototipo de persona que sale de fiesta fuerte.
 No hay palabras, por lo demás, que puedan ser cifra del tigres, forma que desde hace siglos habita la imaginación de los hombres y las mujeres. Siempre me atrajo, me sedujo el tigre. Sé que me demoraba, de niño, ante cierta jaula del zoológico de Palermo cuando mi mama me llevaba los domingos; nada me importaban las otras jaulas, ni el guanaco que escupía a los distraídos, ni los monos que revoleaban con sus manos la mierda recién cagada a la gente. Juzgaba a las enciclopedias, los comics y a los libros de historia natural por los grabados de los tigres.
Cuando me fueron revelados los Jungle Books, me desagradó que Shere Khan, el tigre, fuera el enemigo del héroe.  Sabretooth (Dientes de Sable) enemigo de wolverine era mi personaje preferido de X-men.   


 A lo largo del tiempo, ese curioso amor no me abandonó. Sobrevivió a mi paradójica voluntad de ser cazador y a las comunes vicisitudes humanas. Hasta hace poco -la fecha me parece lejana, pero en realidad no lo es- convivió de un modo tranquilo con mis habituales tareas en la Universidad de La Matanza. Soy profesor de lógica occidental y consagro mis domingos a un seminario sobre la obra de Spinoza y de Zizek. Debo agregar que soy adicto al whisky escocés; acaso el amor de los tigres fue el que me atrajo de Aberdeen al Punjab. El curso de mi vida ha sido común, en mis sueños siempre vi tigres y a la tigresa del Peru  (ahora los pueblan de otras formas y travestis).



Más de una vez he referido estas cosas y ahora me parecen ajenas. Las dejo, sin embargo, ya que las exige mi confesión.

En la revista "Muy interesante" lei,  mientras aca pasaban Verano del 98 y todos canturreábamos como giles la canción del rastoso Naguel Mutti



Que en la región del delta del Ganges habían descubierto una variedad azul de la especie. La noticia fue confirmada por mails ulteriores y una exhaustiva búsqueda en Google, con las contradicciones y disparidades que son del caso.
 Mi viejo amor se reanimó, sentí una curiosidad inmensa en mi vientre que resulto ser una diarrea. Sospeché un error, dada la impresión habitual de los nombres de los colores, quizás un daltonico se confudio o google translation tradujo como el orto las noticias. Recordé haber leído que en islandés el nombre de Etiopía era "Bláland", Tierra Azul o Tierra de Negros. El tigre azul bien podía ser una pantera negra o un truco para atraer turistas.
Nada se dijo de las rayas y la estampa de un tigre azul con rayas de plata que divulgó la prensa de Londres en una foto, de berreta calidad, tomada con un celular; que era evidentemente apócrifo. El azul de la ilustración me pareció más propio de la heráldica que de la realidad. En un sueño vi tigres de un azul que no había visto nunca y para el cual no hallo la palabra justa. Sé que era casi negro, o violeta pero esa circunstancia no basta para imaginar el matiz. Meses después cuando ya casi habia olvidado el hecho del tigre azul y estaba  completamente obsesionado con otros temas (un travesti paraguayo bien fornido que durante el dia se desempeñaba como albañil) Un colega, Raul el buscador de tesoros, me telefoneo  diciendome que en cierta aldea muy distante del Ganges había oído hablar de tigres azules. El dato no dejó de sorprenderme, porque se que en esta región son muy raros los tigres y como en el resto del mundo aun mas raros los tigres azules.  Nuevamente soñé con el tigre azul de mierda ese, que al andar proyectaba su larga sombra sobre el suelo arenoso. Aproveché las vacaciones estudiantiles de verano para emprender el viaje a esa aldea, de cuyo nombre -por razones que luego aclararé- no quiero acordarme. También aproveche para borrarme porque le debía dinero a los japones o chinos del supermercado (no se bien, son todos iguales)

Arribé ya terminada la estación de las lluvias, por suerte porque tenia ladillas que me contagie en el avion, Culeando con una prostituta que iba rumbo a Rusia a triunfar como actriz. El clima calido, la humedad y la lluvia no iban a ayudar a frenar la picazon de genitales. La aldea bastante pobre estaba agazapada al pie de un cerro, que me pareció más ancho que alto y mas alto que angosto,  la cercaba y amenazaba una jungla pubica, que era de un color pardo enrulado. En alguna página de Kipling tiene que estar el villorio de mi aventura ya que en ellas está toda la India, y de algún modo todo el orbe. Básteme referir que una zanja, con ranitas que cantaban toda la noche, con oscilantes puentes de cañas apenas defendía las mugrientas chozas. Hacia el sur había ciénagas y arrozales y una hondonada con un río limoso cuyo nombre no supe nunca o me dijeron y no les di pelota, hacia el norte estaba el progreso, un Mac donald, un ciber que vendía cigarrillos y después, de nuevo, la espesura extenuante de la majestuosa jungla.

La población era de negros hindúes (aunque los prefiero antes que los negros peronistas). El hecho, que yo había previsto, no me agradó. porque soy racista. Siempre me he llevado mejor con los musulmanes que pueden tener hasta siete jermus, aunque el Islam, lo sé, es la más pobre de las creencias que proceden del judaísmo. Y odio a los miserables judios, a las judias no, porque son todas putas y eso me agrada.

Sentimos que en la India el hombre pulula (o sea esta hasta las bolas de gente por todos lados); en la aldea sentí que lo que pulula es la selva, que casi penetraba en las chozas y en nuestros culos. El hotel no tenia wifi, el desayuno "all inclusive" era un huevo frito de vaya a saber uno que especie (porque nunca vi una gallina dando vueltas por ahí) el desayuno tenia gusto a carton. El día era opresivo y la noche no tenía frescura. Los mosquitos eran insoportables y dejaban ronchas grandes. Lamente no haber traficado unos pares de repelentes

Los ancianos me dieron la bienvenida, y  (mientras escondía  los dolares en el calzon, por las dudas que me choreen) mantuve con ellos un primer diálogo, hecho de vanas cortesías. Que tal, mucho gusto, no hay de que, encantado de conocerlo, el gusto es mio , etc.
Ya dije la pobreza del lugar, pero sé que todo hombre da por sentado que su patria encierra algo único, que es la mejor, que tiene a la mas grande selección del mundo, aunque no gana ni la copa america y que cree que tiene las mejores minas. Ponderé las dudosas habitaciones y los no menos dudosos manjares (toda la comida sabia a mierda) y dije que la fama de ese lugar había llegado hasta  La Matanza. Los rostros de los hombres cambiaron; intuí inmediatamente que había cometido una torpeza y que debía arrepentirme. Mentira - dije - no los conocen ni el choto.

Empece a decirles que venia de la tierra de Messi, La coca Sarli y Maradona, ahí aflojaron un poco y entramos en confianza, me convidaron un poco de haschis que fume con animosa cortesia. Quería opio pero parece que ahí no tenían. Los sentí poseedores de un secreto que no compartirían con un extraño. Acaso veneraban al Tigre Azul y le profesaban un culto que mis temerarias palabras habrían profanado. -Ojala no le ofrezcan mi carne en sacrificio- pensé.

Esperé a la mañana del otro día porque la del día pasado iba a ser medio imposible. Consumido el arroz y bebido el te comí el huevo frito de mierda ese y lo vomite a las pocas horas.
Abordé mi tema luego. Pese a la víspera, no entendí, no pude entender, lo que sucedió. Todos me miraron con estupor y casi con espanto, pero cuando les dije que mi propósito era apresar a la fiera de la curiosa piel, me oyeron con alivio. Alguno me dijo que lo había divisado en el lindero de la jungla. Prepare mi escopeta y lustre las balas.

En mitad de la noche los mosquitos me despertaron, Golpearon mi puerta cuando vieron que tenia la luz prendida. Un muchacho me dijo que una cabra se había escapado del redil y que, yendo a buscarla, había divisado al tigre azul en la otra margen del río. Pensé que la luz de la luna nueva no permitiría divisar el color, pero todos confirmaron el relato y alguno, que antes había guardado silencio, dijo que lo había visto. Salimos con los rifles y vi, o creí ver, una sombra felina que se perdía en la tiniebla de la jungla. me asuste un poco y tuve que correr al baño, no sabia si de la emoción o por el huevo frito pero me cague. No dieron con la cabra, pero la fiera que la había llevado, bien podía no ser mi tigre azul, capaz se la robaron entre ellos. Me indicaron con énfasis unos rastros, unas huellas medio raras, que, desde luego, nada probaban. lo cierto es que cuando volví a mi habitación me habían desvalijado
- Hijos de puta!

Al cabo de las noches comprendí que esas falsas alarmas constituían una rutina que me estaba hinchando un poco las pelotas. Como Daniel Defoe, los hombres del lugar eran diestros en la invención de rastros circunstanciales. El tigre podía ser avistado a cualquier hora, hacia los arrozales del Sur o hacia la maraña del Norte, pero no tardé en advertir que los observadores se turnaban con regularidad sospechosa para que no me avive. Mi llegada coincidía invariablemente con el momento exacto en que el tigre acababa de huir. Siempre me indicaban la huella y algún destrozo, pero el puño de un hombre puede falsificar los rastros de un tigre. Una que otra vez fui testigo de un perro muerto o un loro decapitado. Una noche de luna que el cabaret local estaba cerrado, pusimos una cabra de señuelo y esperamos en vano hasta la aurora.  Me tome como tres vinos esa noche. Pensé al principio que esas fábulas cotidianas obedecían al propósito de que yo demorara mi estadía, que beneficiaba a la aldea, ya que la gente me vendía alimentos y cumplía mis quehaceres domésticos. Para verificar esa conjetura, les dije que ya no me quedaba un mango y que pensaba buscar el tigre en otra región, que estaba aguas abajo. Me sorprendió que todos aprobaran mi decisión se ve que ya se habían cansado un poco de mi presencia. Aparte me tenian envidia porque todas las minas me deseaban, a ser extranjero y tener todo lo que quieren las wachas
Seguí advirtiendo, sin embargo, que había un secreto y que todos recelaban de mí. Los veía cuchichear a mi paso o por ahí, tal vez,  era que estaba un poco paranoico por la cocaína.

Ya dije que el cerro boscoso a cuyo pie se amontonaba la aldea no era muy alto; una meseta lo truncaba. Del otro lado, hacia el Oeste y el Norte, seguía la jungla. Ya que la pendiente no era áspera, les propuse una tarde escalar el cerro. Mis sencillas palabras los consternaron. Uno exclamó que la ladera era muy escarpada. El más anciano dijo con gravedad que mi propósito era de ejecución imposible. La cumbre era sagrada y estaba vedada a los hombres por obstáculos mágicos. Quienes la hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad y de quedarse locos o ciegos. Supuse que en la montaña guardaban todas las cosas que me chorearon del hotel. me poseyó un furia loca.

No insistí, me hice el gil, pero esa noche cuando todos dormían, me escurrí de la choza de keruza, agarre la escopeta y subí la fácil pendiente. No había camino y la maleza me demoró. aproveche para espiar a una minita mientras se duchaba en el riacho a la luz de la luna. Me pajee un rato entre los matorrales. Despues le chiste  mientras agitaba el miembro viril. No obtuve la respuesta esperada, la negra se dio a la fuga al trote.

La luna estaba en el horizonte. Me fijé con singular atención en todas las cosas, como si presintiera que aquel día iba a ser importante, quizá el más importante de todos mis días. Recuerdo aún los tonos obscuros, a veces casi negros, de la hojarasca. Clareaba y en el ámbito de las selvas no cantó un solo pájaro. Los mosquitos jodian bastante

Estaba cansado, la paja me aniquilo veinte o treinta minutos dormi una siestita :Despues le meti pata antes que se haga de dia y pise la meseta. Nada me costó imaginar que era más fresca que la aldea, sofocada a su pie los mosquitos escasean en la altura. Comprobé que no era la cumbre, que era una suerte de terraza, no demasiado dilatada, y que la jungla se encaramaba hacia arriba, en el flanco de la montaña. Lance una puteada. Me sentí libre, como si mi permanencia en la aldea hubiera sido una prisión, prendí un pucho. No me importaba que sus habitantes hubieran querido engañarme; sentí que de algún modo eran todos giles menos yo.

En cuanto al tigre... Las muchas frustraciones habían gastado mi curiosidad y mi fe, pero de manera casi mecánica busqué rastros. No encontré un carajo y mucho no veia aunque ya empezaba a clarear

El suelo era agrietado y arenoso. En una de las grietas, que por cierto no eran profundas y que se ramificaban en otras, reconocí un color. Era, increíblemente, el azul del tigre de mi sueño. Ojalá no lo hubiera visto nunca. Me fijé bien. La grieta estaba llena de piedrecitas, todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro. Su regularidad le prestaba algo artificial, como si fueran fichas de casino.

Me incliné, puse la mano en la grieta y saqué unas cuantas piedritas. Sentí un levísimo temblor pense que era producto de la deshidratacion por la diarrea. Guardé el puñado en el bolsillo derecho, en el que había una tijerita y una carta de Allabahad. Estos dos objetos casuales tienen su lugar en mi historia pero no viene al caso

Ya en la choza, me quité la chaqueta. Me tendí en la cama y volví a soñar con el tigre. En el sueño observé el color; era el del tigre ya soñado y el de las piedritas de la meseta. La Tigresa Acuña también estaba en mi sueño, con una diminuta tanga azul y me boxeaba los huevos con la lengua.





Me despertó el sol en la cara y los putos mosquitos . Me levanté y me apure en echar un cago, la gastroenteritis no curaba mas. La tijera y la carta me estorbaban para sacar los discos. Saqué un primer puñado y sentí que aún quedaban dos o tres. Una suerte de cosquilleo, una muy leve agitación, dio calor a mi mano. Al abrirla vi que los discos eran treinta o cuarenta. Yo hubiera jurado que no pasaban de diez. Las dejé sobre la mesa y busqué los otros. No precisé contarlos para verificar que se habían multiplicado. Los junté en un solo montón y traté de contarlos uno por uno.

La sencilla operación resultó imposible. Miraba con fijeza cualquiera de ellos, lo sacaba con el pulgar y el índice y cuando estaba solo, eran muchos. Comprobé que no tenía fiebre e hice la prueba muchas veces. El obsceno milagro se repetía. Sentí frío en los pies y en el bajo vientre, me temblaban las rodillas. Algún mosquito de mierda me contagio una fiebre rara. Pensé en llamar un medico pero solo tenia el suficiente dinero como para tomar un taxi e ir al aeropuerto

Sin mirarlos, junté los discos en un solo montón y los tiré a la mierda por la ventana. Con extraño alivio sentí que había disminuido su número. Cerré la puerta con firmeza y me tendí en la cama. Busqué la exacta posición anterior y quise persuadirme de que todo había sido un mal sueño. Para no pensar en los discos, para poblar de algún modo el tiempo, repetí con lenta precisión, en voz alta, las ocho definiciones y los siete axiomas del kybalion. No sé si me auxiliaron. Probé también con los diez mandamientos pero no me los acordaba, me dio risa cuando llegue a decir "no desearas la mujer de tu prójimo". Temí instintivamente que me hubieran oído hablar solo, y abrí la puerta. Hice como que hablaba por celular pero la verdad es que me había quedado sin batería y el cargador lo perdí cuando desvalijaron el hotel.

El más anciano se acerco, Bhagwan Dass. Por un instante su presencia pareció restituirme a lo cotidiano. Salimos. Yo tenía la esperanza de que hubieran desaparecido los discos, pero ahí estaban, en la tierra. Ya no se cuantos eran.

El anciano los miró y me miró. Yo lo mire, nos miramos. Me estaba mirando el bulto, lo vi, sonreí.

- Estas piedras no son de aquí. Son las de arriba vos la trajiste, no te hagas el boludo -dijo con una voz amenazante que no era la suya

- Así es -le respondí. Agregué, no sin desafío, que las había hallado en la meseta cuando fui a buscar las cosas que me robaron. Bhagwan Dass, sin hacerme caso, se quedó mirándo las piedritas fascinado. Le ordené que las recogiera. No se movió.

Me duele confesar que saqué el revólver y le repetí la orden en voz más alta.

Bhagwan Dass balbuceó:

- Más vale una bala en el pecho que una piedra azul en la mano.

- No seas cagon, devuelvanmen mis cosas chorros -le dije.

Yo estaba, creo, no menos aterrado, pero cerré los ojos y recogí un puñado de piedras con la mano izquierda. Guardé el revólver y las dejé caer en la palma abierta de la otra. Su número era mucho mayor.

Sin saberlo, ya había ido acostumbrándome a esas transformaciones. Me sorprendieron menos que los gritos de Bhagwan Dass.

-¡Son las piedras que engendran! -exclamó-. Ahora son muchas, pero pueden cambiar. Tienen la forma de la luna cuando está llena y ese color azul que sólo es permitido ver en los sueños. Los padres de mis padres no mentían cuando hablaban de su poder.

La aldea entera nos rodeaba.

Me sentí como si fuera un David Copperfield o El mago sin dientes, yo era el mágico poseedor de esas maravillas. Ante el asombro unánime, recogía los discos, los elevaba, los dejaba caer, los desparramaba, los veía crecer o multiplicarse o disminuir extrañamente

La gente se agolpaba, presa de estupor y de horror. Los hombres obligaban a sus mujeres a mirar el prodigio. Alguna se tapaba la cara con el antebrazo, alguna apretaba los párpados. Ninguno se animó a tocar los discos, salvo un niño feliz que jugó con ellos. En un momento sentí que ese desorden estaba profanando el milagro. Junté todos los discos que pude y volví a la choza.

Quizá he tratado de olvidar el resto de aquel día, que fue el primero de una serie desventurada que no ha cesado aún. Lo cierto es que no lo recuerdo. Hacia el atardecer pensé con nostalgia en la víspera, que no había sido particularmente feliz, ya que estuvo poblada, como otras, por la obsesión del tigre. Quise ampararme en esa imagen, antes armada de poder y ahora baladí. El tigre azul me pareció no menos inocuo que el cisne negro del romano, que se descubrió después en Australia.

Releo mis notas anteriores y compruebo que he cometido un error capital. Desviado por el hábito de esa buena o mala literatura que malamente se llama psicológica, he querido recuperar, no sé porqué, la sucesiva crónica de mi hallazgo. Más me hubiera valido insistir en la monstruosa índole de los discos.

Si me dijeran que hay unicornios en la luna, yo aprobaría o rechazaría ese informe o suspendería mi juicio, pero podría imaginarlos. En cambio, si me dijeran que en la luna seis o siete unicornios pueden ser tres, yo afirmaría de antemano que el hecho era imposible. Quien ha entendido que tres y uno son cuatro, no hace la prueba con monedas, con dados, con piezas de ajedrez o con lápices. Lo entiende y basta. No puede concebir otra cifra. Hay matemáticos que afirman que tres y uno es una tautología de cuatro, una manera diferente de decir cuatro... A mí, Remy Le Blanc, me había tocado en suerte descubrir, entre todos los hombres de la tierra, los únicos objetos que contradicen esa ley esencial de la mente humana.

Al principio yo había sufrido el temor de estar loco; con el tiempo creo que hubiera preferido estar loco, ya que mi alucinación personal importaría menos que la prueba de que en el universo cabe el desorden. Si tres y uno pueden ser dos o pueden ser catorce, entonces la razón es una locura.

En aquel tiempo contraje el hábito de soñar con las piedras, piedras de marihuana. La circunstancia de que el sueño no volviera todas las noches me concedía un resquicio de esperanza, que no tardaba en convertirse en terror. El sueño era más o menos el mismo. El principio anunciaba el temido fin. Una baranda y unos escalones de hierro que bajaban en espiral y un sótano o un sistema de sótanos que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el fondo, en su esperada grieta, las piedras que eran también Behemoth o Leviathan, los animales que significaban en la escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a transformarse.

La gente era distinta conmigo. Algo de la divinidad de los discos, que ellos apodaban tigres azules, me había tocado, pero asimismo me sabían culpable de haber profanado la cumbre. En cualquier instante de la noche, en cualquier instante del día, podían castigarme los dioses. No se atrevieron a atacarme o a condenar mi acto, pero noté que ahora eran todos peligrosamente serviles, abuse sexualmente de un par de ellos. No volví a ver al niño que había jugado con los discos. Temí el veneno o un puñal en la espalda. Una mañana, antes del alba, me evadí de la aldea. Sentí que la población entera me espiaba y que mi fuga fue un alivio. Nadie, desde aquella primera mañana, había querido ver las piedras.

Volví a La Matanza. En mi bolsillo estaba el puñado de discos. El ámbito familiar de mis discos no me trajo el alivio que yo buscaba. Sentí que en el planeta persistían la aborrecida aldea y la jungla y el declive espinoso con la meseta y en la meseta las pequeñas grietas y en las gritas las piedras. Mis sueños confundían y multiplicaban esas cosas dispares. La aldea era las piedras, la jungla era la ciénaga y la ciénaga la jungla.

Rehuí la presencia de mis amigos, tarea fácil porque muchos no tenia. Temí ceder a la tentación de mostrarles ese milagro atroz que socavaba la ciencia de los hombres.

Ensayé diversos experimentos. Hice una incisión en forma de cruz en uno de los discos. Lo barajé entre los demás y lo perdí al cabo de una o dos conversiones, aunque la cifra de los discos había aumentado. Hice una prueba análoga con un disco al que había cercenado con una lima, una arco de círculo. Éste asimismo se perdió. Con un punzón abrí un orificio en el centro de un disco y repetí la prueba. Lo perdí para siempre. Al otro día regresó de su estadía en la nada el disco de la cruz. ¿Qué misterioso espacio era ése, que absorbía las piedras y devolvía con el tiempo una que otra, obedeciendo a leyes inescrutables o a un arbitrio inhumano?

El mismo anhelo de orden que en el principio creó las matemáticas hizo que yo buscara un orden en esa aberración de las matemáticas que son las insensatas piedras que engendran. En sus imprevisibles variaciones quise hallar una ley. Consagré los días y las noches a fijar una estadística de los cambios. Mi procedimiento era éste. Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. El máximo de piezas que conté fue 419; el mínimo, tres. Hubo un momento que esperé, o temí, que desaparecieran.
A un disco le adose cien dolares a ver si se reproducía pero desapareció el billete y nunca mas lo volvi a ver
A poco de ensayar comprobé que un disco aislado de los otros no podía multiplicarse o desaparecer.

Naturalmente, las cuatro operaciones de sumar, restar, multiplicar o dividir, eran imposibles. Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta discos, podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos. No sé cuánto pesaban. No recurrí a una balanza, pero estoy seguro que su peso era constante y leve. El color era siempre aquel azul.

Estas operaciones me ayudaron a salvarme de la locura. Al manejar las piedras que destruyen la ciencia matemática, pensé más de una vez en aquellas piedras del griego que fueron los primeros guarismos y que han legado a tantos idiomas la palabra "cálculo". Las matemáticas, dije, tienen su comienzo y ahora su fin en las piedras. Si Pitágoras hubiera operado con éstas...

Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable. Ahí estaban indómitos los discos y la perpetua tentación de tocarlos, de volver a sentir el cosquilleo, de arrojarlos, de verlos aumentar y decrecer, y de fijarme en pares o impares. Llegué a temer que contaminaran las cosas y articularmente los dedos que insistían en manejarlos. meti un par de piedritas enculo y gose.

Durante unos días me impuse el íntimo deber de pensar en las piedras, porque sabía que el olvido sólo podía ser momentáneo y que redescubrir mi tormento sería intolerable.

No dormí la noche del 10 de febrero. Al cabo de una caminata que me llevó hasta el alba, traspuse los portales de la mezquita Wazil Khan. Era la hora en que la luz no ha revelado los colores. No había un alma en el patio. Sin saber porqué, hundí las manos en el agua de la cisterna. Ya en el recinto, pensé que Dios y Alá son dos nombres de un ser inconcebible, y le pedí en voz alta que me librara de mi carga. Inmóvil, aguardé una contestación.

No oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:

- He venido.

A mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No era muy alto

Me tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:

- Una limosna, Protector de los Pobres.

Busqué, y le respondí:

-No tengo una sola moneda.

-Tienes muchas -fue la contestación.

En mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.

- Tienes que darme todas - me dijo-. El que no ha dado todo no ha dado nada.

Comprendí y le dije:

- Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.

Me contestó:

- Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.

Dejé caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el fondo del mar, sin el ruido más leve.

Después me dijo:

- No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.

No oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba. Prendí una tuquita , me fui silbando bajo y lagrimeando, pero no era que estaba triste era el humo de ese fasito que me hacia llorar


lunes, 12 de octubre de 2015

Suicide Girl

  1.   
    Estabas aburrida y triste
    mirando la lluvia por la ventana
    esperando que yo vuelva
    para odiarme un cachito mas
    hacerme la vida imposible
    Una lagrima recorría tu mejilla
    mientras hacias zapping con la tv

    Y no se que mierda fui a  buscar
    o tal vez fui para despedirme

    Prepare unos mates bien feos,
    de esos que hago siempre
    con el agua hirviendo que quema la yerba enseguida.
    Vos seguías llorando y masticando rabia
     (disimuladamente)

    Te abrace como quien no quiere la cosa
    quizás por pena  bese tu frente
    te corrí el pelo que tapaba tus negros ojos
    La triste expresión en tu rostro desapareció
     
    Por ahí, ese fue nuestro ultimo acto de amor
    y no nos dimos cuenta
    - “Este mate es una mierda”, dijiste
    y sonreíste perversamente,
    con esos labios que me dieron tanto placer antaño.

    El mecánico  me había advertido
    tenes que dejar de andar con esa suicide girl
    Al final del día vas a estar drogado y al palo,
    escuchando musica dark,
    y ella toda tatuada, deprimiéndose y
    cagándote la vida


    Cuando el sol desapareció en el horizonte
     te posaste en mi hombro
    Y entre besos, tomar birra,
    fumar marihuana y mirar la lluvia
    cogimos salvajemente.
    Después de recriminarme un par de cosas
    vomitaste y te dormiste abrazándome.

    No dormí, me quede mirando el techo
    y pensando
    que mañana vas a volver a estar deprimida y odiar al mundo
    mañana voy a tener resaca
    y voy a putearte por tus reproches,
    por no saber amarme completamente,
    por no saber abandonarme.

    Prendí un cigarrillo
    yo también soy un suicida
    incluso mas autodestructivo que vos,
    Y mañana voy a estar deprimido
    porque no vas a estar,
    porque no voy a volver,
     Ahora estas al lado mio y
    te abrazo y te acaricio el pelo
    aunque ya nada importe



lunes, 5 de octubre de 2015

Total




Me apeno mientras te escribo,
y vos no respondes,
sé que mis mensaje te  llegaron,
los leíste e ignoraste
pasamos algunos buenos momentos
o al menos eso me pareció
Te cruzo por la calle
 y no te reconozco,
a veces pienso;
- ya no sos la de antes
pero hay algo en vos,
de eso que ame, que aun perdura
y pienso que sigue ahí
y que podrías volver a amarme.
Me apeno al pensar en vos,
aunque no te importe,
 porque ahora andas en otra,
Total…
me acuerdo que no me querés,
que me dijiste que soy cualquiera,
que vivo re loco,
que no querés nada conmigo,
que ni te da meterte en mi historia
ni nada.




ya te mande a clonar

viernes, 2 de octubre de 2015

Proveedor






Probablemente ahora
estés abrazada a ese gordo petizo
ex drogadicto
(Nunca te bancaste a un drogadicto de verdad)
Probablemente él te acaricie el pelo

seguro esta noche te haga el amor,
no importa.
Seguro salgan los tres de paseo
por ahí, coman en restaurantes
o el cuide a tu hijo
mientras vos haces la cola del supermercado
compras anticonceptivos en la farmacia
o lo cuide mientras trabajas.
Tal vez él te amé,
seguro más que yo
No confundas
lo contrario al amor no es el odio
lo contrario al amor
es la indiferencia.
Seguramente lo beses apasionadamente
mientras viajan en colectivo
le chupes la pija y le hagas el carrusel mágico
y otras mil maravillas más.
O por ahí tengan algo profundo
quizás cuelguen mirando películas
o le cocines en tanga
mientras el besa tu cuello,
no importa
sé que volverás a mí.
Lo nuestro es distinto guacha
yo no te espero
vas a venir cuando tengas ganas,
pero sé que vas a venir,
por ahí la semana que viene
o el próximo al mes.

También nos vamos a besar
mirándonos a los ojos,
también vamos a hacer el amor,
mirar películas,
caminar por ahí agarrados de la mano,
sentarnos en un banco de plaza
hablar mil giladas
Lo nuestro es diferente guacha
es más oscuro
y feliz
Nos vamos a decir todas las palabras del amor
aunque sepamos que son mentira.
Y yo te voy a decir
que lo cuides al gordo petizo ese
porque él te quiere
no lo arruines guacha,
no seas cruel.
Disfruta tu primavera con el
no seas gila.
Te lo vas coger pensando en mí,
y vas a desear que él sea como yo.
Lo vas a dejar tarde o temprano
y vas a volver a mí,
porque eso es lo siempre haces.
Soy diferente guacha
vos sabes,
tengo una bolsita con todas las sensaciones que queres experimentar
yo soy tu proveedor de droga.